Diplomacia bananera

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2019-03-25


Jared Kushner es un producto de mercadotecnia para engañar a provincianos e ignorantes fuera de Estados Unidos y facilitar negocios. Kushner tiene acceso al presidente Trump y éste lo escucha, pero difícilmente influye en sus decisiones.

¿Cuánto costó que ingresara Jared Kushner, el yerno del presidente Trump, a Harvard? 2.5 millones de dólares. Ninguno de sus promedios escolares ni en la preparatoria ni en ninguna prueba estandarizada le hubieran permitido ingresar a alguna de las universidades de la Costa Este, conocidas como de la Ivy League.

Así describe Vicky Ward, la autora del libro Kushner Inc., cómo fue que papi Charlie Kushner, logró que su primogénito ingresara a Harvard:

“Cuando Jared mandó solicitudes de ingreso a las universidades, Charlie se comprometió a donar $2.5 millones de dólares a Harvard y prometió cifras similares a Princeton y a Cornell.

También consiguió que el senador Frank Lautenberg, quien era socio en uno de sus proyectos y a quien Kushner Companies había donado 200 mil dólares, llamara al senador Ted Kennedy, quien a su vez llamó al decano en el departamento de admisiones.

Cuando Jared fue admitido en Harvard, sus maestros en la preparatoria quedaron horrorizados, entre incrédulos y asqueados.

Hasta ese entonces no se sabía de ningún estudiante de la Academia Frisch que, clasificado en el tercer tramo de entre cinco del rendimiento de estudiantes, fuera admitido en una universidad de la Ivy League y menos a Harvard. ‘Su puntaje tanto en la prueba SAT como en la GPA no lo justifican’, declaró una autoridad de la preparatoria al autor Daniel Golden”.

¿Inteligentísimo? No, Jared Kushner es un producto de mercadotecnia para engañar a provincianos e ignorantes fuera de Estados Unidos y facilitar negocios. ¿Capaz de influir decisivamente en su suegro, el presidente Trump? Tampoco. Como se mostró una y otra vez, cada ocasión en que el volátil Trump violaba los acuerdos de Videgaray y Kushner de no hablar del Muro. Kushner tiene acceso al presidente Trump y éste lo escucha, pero difícilmente influye en sus decisiones. Y más importante: el yerno no tiene ni el respeto ni la credibilidad de la nueva mayoría de la Cámara de Representantes. Apenas el 8 de marzo, Nancy Pelosi, la mandamás en la Cámara declaró respecto a si Ivanka Trump y su esposo podrían ser investigados: “Son asesores del presidente, tienen acceso a temas restringidos por la seguridad. No son simplemente sus hijos que viven en la Casa Blanca”.

No encuentro un precedente de un país serio, con una diplomacia seria, en el que el Presidente del país reciba a un asesor senior del presidente de los Estados Unidos fuera de instalaciones oficiales y sí en casa de uno de los poderes fácticos más influyentes.

De aspirar a vivir en Palacio Nacional y hacer de éste el símbolo de una presidencia austera y republicana, a cenar en casa del vicepresidente de Televisa con el yerno de Trump, hay una distancia que no se mide en kilómetros, sino en desaseo, en opacidad, en sometimiento a los Estados Unidos, en la decisión de ocultar los acuerdos tratados, en falta de respeto para la Cancillería.

Nada de lo que declaró el Presidente al respecto tiene una brizna de verdad: no habrá ni fondos para el desarrollo de Centroamérica ni inversión para el Tren Maya, como declaró ingenuamente el subsecretario Seade.

No los autorizará la Cámara. Hay la presión para incrementar el papel que ha jugado México al detener –eso sí, con mucha amabilidad– a los migrantes centroamericanos antes de llegar a la frontera, y el peligro de que el pleito electoral en los EEUU impida que se apruebe el T-MEC en el Congreso en Washington.

¿Separar la política de los negocios, como ha pregonado el Presidente? Bonita frase de campaña. Pero nada más representativo de intereses económicos que el consorcio televisivo. Nada más ejemplar de conflicto de interés que la presencia de Kushner, heredero de grandes negocios de bienes raíces en la Casa Blanca.

Nada más representativo del poder político que el Presidente de México. Negocios y política cenaron y departieron “como amigos”, convirtiendo la frase del Presidente en un mal chiste.

 

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